Siempre para éstas fechas se estila rebuscar frases, sobre todo las más "canoras" y machaconas, edulcoradas, plañideras, como para recordarnos que andamos en el rebaño o entre rebaños y cumpliendo con las "legitimaciones", sin recordárnoslo mucho, con algo de sorna, diluyendo ese torrencial aguacero de "literatura empalagosa" de fin de año en loas y aleteos de serafines misóginos, estrábicos entre la imploración y el "no me perdones", haciendo coros con abuelos barbados y obesos, andariegos eternos de la bobalicomanía sospechosa.

 

Toda una cultura al olvido, al desentendimiento, a la consagración en el templo de la indiferencia absoluta, de eso que se llama evasión y que podría tener mejor nombre, como egoísmo sublimado. Dando consuelo a nuestro descompromiso humanitario al elevar plegarias por los más necesitados, pero sin rostros, sin presencia y menos palpados por las alas gélidas de un alma que no les reconoce; plegarias que no arrancan una gota de sudor y tienen la ventaja que se hacen rapidito, para que la cena no se enfríe...bueno en el caso de los que se acuerdan de las plegarias, porque hay otros que no salen ni un segundo del estupor y el vértigo por lo innecesario, por lo pueril, aunque no hay que dejar de reconocer que los más avanzados se dan su baño consagratorio en las pilas bautismales de la liturgia milenaria entre cánticos y palmaditas "por la paz".

Así se va diciembre por las avenidas de la embriaguez, entre callejones y castillos espumosos, seres presurosos de brumas hechas muchedumbres en los templos de las ofertas con sus campanitas cual cencerros dirigiéndose a las cajas registradoras en columna marcial e indetenible, balando, ansiosos por ofrendar en la piedra del sacrificio a la dilapidación y el derroche, en la cual se lavan las culpas de tanta humanidad de espaldas a la otra, la gran humanidad, la que mira las luces de la sobrecogedora ciudad desde la lejanía, desde los imposibles, acurrucados en la soledad entre el frío taladro de las paredes estomacales implorando atención y la tristeza que abisma por acantilados insondables; para la que no hay castillos volantes, para la que avenidas y callejuelas pintarrajeadas de engaño tan solo les sirven para recordar sus miserias, sus carencias y dolores.

Espejismo tras espejismo y un sendero largo de luces multicolores que no alumbran nada, que solo alegran la fatuosidad de los por siempre desprevenidos, los aletargados de estulticia, los despojados del soplo superior de vida que solo se hace visible en los predios de la bondad, porque la peor obscuridad es olvidar, es no reconocer, es despachar la existencia sin haber hecho contacto con la solidaridad, con el compromiso con la humanidad a la que se le han negado las oportunidades y peor aún se le ha escamoteado los amaneceres, la frescura del alba, el trinar de tanta vida, el calor reconfortante de sueños que se hacen a la luz, germinando en los prados de la tierra prometida, la que asusta a tanto cobarde y criminaliza tanto canalla.

Celebrar de espaldas a tanto frío que con insolencia acusatoria trepa por los andrajos que irrespetan las sarmentosas extremidades de pueblo descubierto al pudor, no es celebración, nada justifica un segundo de olvido, en ese tiempo se marchitan jardines y se desertizan praderas, pero peor que eso, niños se quedan atrapados entre aquelarres y quimeras.

Celebrar es encontrarse en el solaz, en una noche cualquiera, entre risas y canciones, amores y querencias, tropezar entre urgencias con mil razones para ni por un segundo olvidar. Celebrar es dejar la puerta abierta para que la dicha se pueda derramar, pródiga y generosa, es acompañar la brisa cálida que envolverá la esperanza surgida de una noche nueva que nunca dejará la alegría y la solidaridad atrás. Es gritar ¡pueblo! Y no olvidarlo jamás!